Además de los videojuegos que analizo, hay muchos otros que juego por mi cuenta. Normalmente no son novedades, sino títulos que se me van acumulando y a los que consigo dar salida a duras penas. Como no tiene sentido analizarlos, en algunas ocasiones me han servido de inspiración para escribir algunos artículos de opinión aquí, en Sonyers, y compartir mis ideas con todos nuestros lectores.

Lo que voy a contaros hoy es algo que sabéis todos y de lo que ya hablé en mi artículo sobre consola versus PC, pero hay que volver a decirlo, una y mil veces, porque no deja de sorprenderme. Me estoy refiriendo a hasta qué punto se exprime el hardware de las consolas, dando lugar a juegos aparentemente imposibles.

La primera vez que experimenté esto claramente fue con God of War II, que me dejó literalmente con la boca abierta. Para entonces Xbox 360 ya estaba en la calle, pero la veterana PlayStation 2 aguantaba el tipo. Y a la vista de sus últimos juegos, bien podía: además de la mencionada aventura de Kratos, están por ejemplo Final Fantasy XII, Gran Turismo 4, Metal Gear Solid 3, Shadow of the Colossus… ¡casi nada! Algo similar vivió PlayStation 3, con un final pletórico del que destaca sin duda el inigualable The Last of Us.

En el caso de PlayStation 4, por primera vez teníamos sobre la mesa una “play” con arquitectura de PC. Es razonable pensar que los títulos para esta consola serían por tanto más homogéneos en lo técnico… ¿o no?

Pues no amigos, definitivamente no. Por fortuna, una de las grandes ventajas de las consolas sobre los PC, esto es el aprovechamiento del hardware hasta la última gota, sigue siendo una realidad. Y el juego que me ha llevado a escribir estas líneas no es otro que Uncharted: El Legado Perdido.

Ya con Uncharted 4 lo flipé en colores, pero este spin-off me ha dejado si cabe más sorprendido, quizás porque no tenía tantas expectativas. Ante todo debo deciros algo: si os gustaron las peripecias de Nathan Drake, ésta es una compra prácticamente obligatoria. Hablamos de un juego completo en toda regla, y de hecho como tal lo han vendido.

Pero bueno, no nos vayamos por las ramas. Lo que quiero contaros es una obviedad, como decía al principio, pero no por ello deja de ser increíble. Mi sensación, transmitida de forma coloquial, fue algo así:

“Vale, típico de Naughty Dog, qué graficazos, cómo mola. Qué bien hechas están las caras, no se nota la transición entre los vídeos y las partes in-game. La distancia de dibujado es tremenda y sin popping. Mira esa catarata allí, esos pájaros allá, ¡qué nivel de detalle! Hay tres enemigos y todo se mueve fluido, sin relentizaciones. ¡Qué pasada! Anda, mira, si entra en escena una segunda protagonista que te acompaña, y sigue todo igual. Qué escenarios, son incluso más lucidos que en Uncharted 4. Vaya, ahora hay seis enemigos… nueve… doce. ¡Pero bueno, si tenemos a un tercer personaje y van los tres juntos como si nada! Espera un momento, ahora voy en un coche y aparecen motos, dos, seis, diez, de pronto salen más coches, voy saltando entre ellos, ahora hay un tren en marcha y hasta un helicóptero, al fondo un lago impresionante, explosiones por doquier, todo se mueve perfectamente, llevo media hora y no hay tiempos de carga, ¡esto es una locura, una locuraaa!”

Cuando quieres darte cuenta, la consola no es una máquina limitada por las leyes de la física: es una caja mágica con potencia infinita, cuyo alcance está marcado por la propia imaginación. Entiendes que has jugado a algo que prácticamente se adelanta una generación, y ni siquiera entiendes muy bien cómo es posible. Sencillamente ocurre, tú lo ves en la tele, así que los límites son todo lo que pueda mostrar una pantalla. Da igual la carga gráfica, texturas, número de polígonos… esos conceptos desaparecen.

A medida que tenía todas estas sensaciones, pensé que era algo sobre lo que escribiría antes o después. Lo de Naughty Dog es de otro planeta, porque encima hablamos de juegazos con un guion muy bueno, una historia por todo lo alto, adictivos… vamos, el no va más. Cuando se da tanta importancia a los famosos exclusivos en consola, no es sólo porque sean una serie de juegos que únicamente puedes catar en esta o esa marca: son también títulos hechos al milímetro, por supuesto unas veces mejor que otras, pero creo que en cualquier caso esto es muy importante. Son, en definitiva, el alma de cada consola.

Y fijaos que esta vez no estamos hablando de la recta final de la vida de PS4, menos aún con Uncharted 4, que salió en 2016. Veremos aún cosas más increíbles. ¿Cómo será el próximo God of War, que sale este mismo mes? ¿Y Spiderman? Volviendo a Naughty Dog, ¿qué será capaz de hacer esta gente con The Last of Us 2?

Es curioso. Uno podría pensar que las anteriores consolas PlayStation, al poseer una arquitectura genuina, tenían más recorrido para ser aprovechadas, es decir que atesoraban una potencia oculta. Pero incluso con una configuración tipo PC como la de PlayStation 4 (o quizás PRECISAMENTE por eso), resulta que los programadores han sacado recursos de donde en principio parecía imposible. Esto supone un verdadero tirón de orejas para esos desarrollos de juegos de ordenador que simplemente piden requisitos recomendados por todo lo alto y a otra cosa mariposa.

A estas alturas de mi vida es difícil que un videojuego me sorprenda, pero Uncharted: El Legado Perdido lo ha conseguido. La protagonista, Chloe, ya molaba antes, pero ahora es todo un icono, una verdadera “Tomb Raider killer” como se ha dicho de la saga Uncharted, algo que resulta si cabe más evidente al hablar de un personaje femenino. Y mira que todos le tenemos cariño a Lara y que los chicos de Crystal Dynamics se lo han currado, pero competían contra los magos de Naughty Dog. Nada que hacer.